CARTA ABIERTA A TODOS LOS COBARDES DE ESTE MUNDO


Cuánto arrojo, cuánto coraje y valentía poseemos los cobardes de este mundo, los que un día tuvimos todo y al otro nos quedamos sin nada, los que llevamos elefantes mojados en el pecho para no decir angustia— y aún así seguimos en las calles haciéndonos la vida y también la muerte, porque se nos acabó la buena fortuna
se fue
nos golpeó la espalda el precipicio y también se nos marchó gente preciosa y tuvimos que entrar a las odiosas funerarias diciendo que Naufragio se escribía con N de "quiero salir de aquí" y no con un pésame sin sentimiento disparado en la costilla.
Cuánta valentía tenemos los cobardes, los de la mesa escasa, los engañados, los engañadores, los que vamos a ver cantautores a bares pero son comedias, los que liberamos águilas al interior de las montañas y después blasfemamos enloquecidos que del amor al odio hay sólo un poema y yo lo escribí de noche en el sexo abierto donde me confirmé a través del frío.
Los que no nos bañamos en nueve días seguidos y olemos a legumbre y a desagüe.
Pero valientes de tanto estar empapados en la grave cobardía de los años
de las edades
de los frutos cansados de los árboles cansados.
Deambulamos por puertos mezquinos respirando la sal de un mar que nos dejó sus flores secándose en un jueves entumecido de barcos
y un mesías que jamás tuvo la decencia de llegar,
nos subimos a esos barcos, firmamos
y lo devolvimos todo
cosas que incluso no recordábamos haber pedido en la vida, después, paranoicos y aterrados, brincamos hacia el primer muelle que se asomara con un pestillo en la esperanza y llegamos nuevamente a tierra firme, nos bajamos a toda prisa, nos sacudimos la ropa, comenzamos a caminar por extrañas avenidas, había gente resuelta, decidida, frenética y blindada, gente llena de cosas importantes por hacer, nos miraban de pies a cabeza y si me apuras un poco te podría asegurar que sospechaban de nosotros, pero nosotros no molestábamos a nadie, menos a ellos, íbamos y vamos tranquilos, qué le podría hacer un peón al rey!!!.... 

un balazo
ángel de mi guarda
un balazo justo ahí donde les nace el armamento

pero no lo hicimos
los dejamos en paz, nos bebimos el trago amargo del desprecio porque en el fondo esa gente nos desprecia
somos los despreciados, caemos mal
odian nuestro amable sabotaje cuando le pasamos la lengua a sus vacíos
sienten los pechos arder
les amarga el daño moral que hay en la circuncisión de sus navidades
y engarrotan sus cuerpos, se arquean
los valientes se aíslan mutilados en la cólera, en la parafernalia del enojo, se van pateando cuanta cosa se les ponga por delante (eso sí que con refinada belleza y elegancia)
se marchan sin que nadie los vea
se largan a despeñar su ira ojalá lo más lejos posible y al volver dicen que no se preocupen, que estaban meditando, haciendo yoga, dibujando flamencos en los ríos
y eran buitres

niegan la oscuridad
y los puntos suspensivos
en nuestro blanco punto final

Los cobardes, de puro valientes que somos, aguantamos la pastilla, la píldora, la pieza del fondo, el agüita del Carmen, el ansiolítico mezclado con ron pa pasar la pena, la merluza frita en cocinerías sagradas que no pagan impuestos, ellos dan limosna
nosotros propina
si nos dicen "lústrame los zapatos y que me queden como un sueño" se los lustramos, nos afanamos como locos en la tarea, les sacamos brillo, con escupito le damos el último toque maestro para que el valiente se luzca en la fiesta o la oficina.
Pasamos frío los cobardes, pero óyelo bien, cobarde no es el que llora lo que le asusta, no es el que tiembla frente al espejo cuando se mira y le faltan los dientes, cobarde es el que se te planta cara a cara y te dice que tengas cuidado, que escondas el miedo y el orgullo, que en la otra esquina podrías morir en una emboscada de tilos o en una falsa ecografía, te lo avisa, te lo avisamos, te lo advertimos, es nuestra labor, siempre lo ha sido, siempre lo será porque si te pasa algo seguramente nos dará por ponernos a sufrir tardes enteras debajo de las sábanas, pero tú no lo sabes, o lo sabes pero no te quieres enterar, te cubres la cara y te tapas los oídos para no escuchar el inefable zumbido de esta tierra que te maldijo una vez los pies.
Planificamos negocios en donde siempre fracasamos, tomamos autobuses equivocados, cruzamos las calles sin respetar el disco pare, nos quedamos sin plata justo a la hora de las enfermedades, tenemos las peores resacas del universo y no es porque no sepamos beber o no hayamos tenido el estómago lleno antes de la borrachera, no mi amigo, no mi amiga, la mona de mierda que te asalta por la mañana es debido a que no puedes por nada del mundo mezclar traumas con alcohol
y eso es lo que nos jode la existencia
que estamos traumatizados
por ese simple motivo nos acobardamos hasta la inercia
nos socavamos el alma
y entonces supimos del miedo
del pavor de las ferreterías cuando hay eclipses y es abril
se nos pudrieron las manos intentando dibujar en la muralla una salida, nos hicimos terribles, sansones calvos augurando mañanas que sabíamos nunca existirían, vivimos desde abajo el influjo de la cosa añeja, ofrecimos la vida por la vida de otros y dejamos de latir durante períodos largos como uñas largas, somos lo más parecido a la meningitis cuando te dieron vuelta el hocico de una cachetada.
Y aún así seguimos, somos porfiados, es verdad que temblamos, que temblamos desde que nos levantamos por las noches hasta que nos acostamos por las mañanas, somos el insomnio de los días heridos, nos mofamos de la crítica y aplaudimos a los que logran algo de fama, a los que rayan paredes y ellos mismos son las paredes, damos las gracias y también la otra mejilla, regalamos dulces y gaviotas a quien le falte un cielo donde poder colgar sus meses, oramos, no tenemos hijos pero sí mascotas y las amamantamos como a ratas, llevamos rehenes en los bolsillos por si la cosa se nos pone fea, somos viejos, pero viejos perfumados, tampoco tenemos amigos, desconfiamos de todos (nos hicieron desconfiar, nos traicionaron), no tenemos familia, tuvimos una pero se nos quedó olvidada en algún remordimiento arriba del mueble que hay detrás del comedor.
Los valientes tienen sus asuntos claros, fundamentan todas sus respuestas aunque estén equivocadas, hablan de política, participan en movimientos sociales y nosotros no. Nos da lo mismo la igualdad de género y los atentados terroristas que haya en cualquier parte del mundo, pero somos sumamente cobardes porque si se muere algún amor entre las bombas se nos rompen las ventanas y no hablo de atentados suicidas ni de aviones que chocan en torres altas y gemelas como tú y yo, hablo de la cuna que se vino abajo, de la huella de bencina que dejaste germinar en el fondo de tu bosque, entonces volvemos a temblar, cada vez más fuerte y miramos a los hombres valientes dándose besos cobardes con mujeres valientes y nos vamos a la mierda porque también somos envidiosos, pero no es de la misma clase de envidia que la tuya, esa que te acelera el pulso cuando ya no pudiste volver a casa y en tus libros de cera alguien arrancó la página donde se explicaba cómo salir intacto de la noche brava, es otro tipo de envidia la que llevamos dentro, una que se viste de puerta para soportar de pie tanto portazo, algo así como querer desvestir a un santo para abrigar una estatua que no dice nada y tiene frío, que es roca, granito y caca de paloma, que no tiene corazón porque es de piedra
de piedra pero piedra atea
y ese es nuestro consuelo
no el tuyo
el nuestro
el mío
el de tantos de nosotros que a esta misma hora estamos francamente conmocionados tratando de buscar un número telefónico o una cita médica para mañana y así poder dormir en paz aunque sea unos momentos, descansar sin la grotesca mordida de la flema y su mordaz semana santa.
Cobardes más por compasión que por acción, pues además de todo somos compasivos, indulgentes, transitorios, hermanos de las plantas y de los anocheceres sin lunas ni calzones.
Cuando todo se nos fue al carajo nos cortaron el agua y la luz, dejamos las casas, agarramos las mochilas y abrimos el camino, pasábamos por fuera de los salones de belleza y veíamos a maricones conversando con viejas de 90 años pero ignorábamos de qué hablaban, nos daba lo mismo, nos daba igual, nos preocupábamos más de rascarnos el hoyo que de lo que acontecía en la vereda del frente. De pronto nos deteníamos a ver las portadas de los periódicos que colgaban en los quioscos, no entendíamos ni una mierda pero igual rogábamos para que se solucionaran los problemas que aquejaban a Europa, Asia y Sudamérica y lo hacíamos en silencio, concentrados, rigurosamente serios, los ojos bien cerrados hasta que bruscamente un bocinazo nos hacía despertar y reanudábamos la marcha pero al frente estaban ellos, los que no bebían, los que trotaban los viernes por las tardes para mejorar sus estados físicos, los no fumadores, los valientes que les daba pánico cogerse un cáncer de pulmón, les daba miedo toser muy fuerte y obvio, a nosotros también nos daba y nos da miedo, seremos cobardes pero tampoco somos idiotas, no vamos al médico, vamos a la iglesia.
Recuerdo un día en que vomité y en el vómito venía un poco de sangre. Me agaché para verlo mejor. Era el sándwich y la Fanta que me había servido hacía poco en el Don Pepe de la calle Estado pero no tenía por qué haber sangre, tú hubieses ido de inmediato al médico, te habría dado una fatiga y un colapso, los valientes van a los hospitales cuando ocurren esas cosas, me sigues?.
Aquí no es cosa de andar fingiendo nada, aquí se dice la verdad, se habla de verdad, se muere de verdad y tu verdad es mi gran mentira, la amenaza la tomamos como un perdón a largo plazo que se lo llevará el viento junto a la cama, los sillones, la tele, el refrigerador, la cafetera sin café ni cafeína y el ropero inflamado de esas ropas que usaste el día en que te fuiste contuso y malherido, rugoso y cobarde al sanatorio o al open mic de poesía, tanto es así que rajaste al súper y te compraste una de whisky porque sabías muy bien que al otro día la resurrección no la ibas a poder hacer solo, que tendrían que salvarte los fantasmas de tus antepasados para salir ileso antes de las diez de la mañana
y ahí me viste.
Me viste en una sombra
en una manzana
en una hamburguesa de perro muerto
en una nube que había debajo de la alfombra haciéndome trizas la boca, sorbiéndome solito el tic tac de la ruleta rusa porque quería salir de ese lugar, necesitaba que los minutos tuviesen horas y los poemas mamelucos. De cobarde bajé el sol con una escalera que traía en la cajita de la hierba y me lo eché a la boca, el sol
me lo eché junto a una oración para Zurita,
de cobarde fui donde el vecino y le abrí el culo para meterle sus consejos sin temor ni vaselina, de cobarde lancé a la mierda el rompecabezas de aquella mañana y pensé China, pensé Bulgaria, pensé Etiopía.
Pensé un reino adentro de una sonrisa que era dios sin saberlo hijo.
Pensé que los hombres no es que no puedan llorar. Es que no saben cómo hacerlo.
Pensé mi vida y mi eterna periferia.
Pensé que no tendría nunca más nada y eso me convirtió en el valiente que soy ahora, el que va por la Alameda sin rumbo fijo pero con las monedas de oro necesarias para el buen pan y el perfecto duelo con el que cerrar vaginas y cubrir ancianos con tierra.
Quise luz.
Quise pegarme un tiro.
Tuve sed y un cristo a mi lado acariciándome la herida, invisible religión de butacas manchadas de lefa y queroseno.
Sentí odio a primera vista.
Roí un piano a patadas pues los dientes los tenía ocupados en el apriete del bruxismo.
Aluciné.
Inventé una receta para hacer ayahuasca casera únicamente con un tipo de marihuana específica y los tallos húmedos de la misma planta, sin querer descubrí un menjunje medio loco pero el resultado es un viaje directo al anillo que hay dentro del anillo del anillo de tu dedo cojo, ey loco valiente que no te meterías eso dentro de tu cuerpo ni aunque te pagaran una fortuna pues el trance es más violento que un caballo desbocado y tú en silla de ruedas, pero yo me lo metí y siéntate y escúchame porque te digo que en ese viaje ves a dios directamente a los ojos (es terrible), a los apóstoles y a los fariseos, puedes ver cómo nacen los demonios y alargan la mano hasta tocarte el pelo, puedes también manipular a tu antojo el destino de la cristiandad y de otras religiones, puedes incluso intervenir cuando tus papás se conocieron, dura nueve horas, nueve horas dura la tontera
y lo hice totalmente apabullado, pero lo hice
y al hacerlo hice también dos cosas
una fue jurar no darle nunca a nadie la receta

la otra fue escribir un libro.


Los libros de poemas nacen del invierno
la vigilia 
y el ayuno


Hubo momentos de descanso donde salía a recoger la ropa colgada en el cordel del patio y se me aparecían los muertos, quietos me miraban, me ensuciaban el miedo y yo reía, saltaba en la agresión y la finura, no estaba solo, ¿lo escuchas?, no estaba solo, alguien más me venía a ver y a respirar mi vida, descolgaba la ropa y entraba al hospicio con el corazón henchido en gloria y payasada. Escribía como loco, día tras día, hora tras hora, le empecé a dar duro a los poemas, más que poemas parecían cólicos, explosiones renales de palabras que se atragantaban en una especie de circo marginal y desahuciado, comencé a ser un poco más feliz, comía a mis horas y me tracé una disciplina tan férrea como inútil pues aún no tengo editorial, se me iba la noche, llegaba el sol y yo seguía escribiendo, era un robot afiebrado narrando el incendio de ese triste y famoso mayo, la maternidad de aquel funesto mes donde quemé vivas veintiún personas inocentes por culpa de una psicoterapia torpe aprendida en la feria más piojenta a la que me sometí en mi Santiago natal. La psiquiatra me dijo "¿eres valiente?", yo le respondí que sí, me dijo "no, tú no eres valiente, tú eres cobarde y tengo aquí el remedio".
Me recluí en el hospicio.
Dije no vuelvo más a ver a esa loca. Fallé.
Los hermanos no venían, insistían en no venir. Vinieron después.
Antes vinieron los muertos.
Y con ellos el libro.

Por eso hoy te digo que me faltan tres dedos en la mano derecha y una de mis pulseras se fue rumbo a la sed.

De cobardes es la valentía.
De valientes aceptarlo.



y así poder dibujar en paz girasoles en la arena